21 de diciembre de 2012

YO LO QUE TENGO, AMIGO, ES UN PROFUNDO DESEO DE DORMIR


Caminaba. Se asustó de su propia sombra cuando removió los ojos para ver si venia algún auto en el cruce.
Nada. Sigamos caminando, pensó. Lo hizo. Bo, amiga ¿tené un cigarro?. Tomá, te dejo un porro.
Caminó, con las piernas, con todo lo que tenía a su alcance. Sé muy bien que has oído hablar de mí y hoy nos vemos aquí. 
Pensó en llegar y otra vez su sombra molestaba. 
Todo era lo mismo, todo daba lo mismo. 
La noche había estado metida jugando al miedo y haciéndose pasar por un estúpido extraño.
Caminar no daba lo mismo, había que caminar. Lo hizo.
Bo flaca, dame cincuenta pesos, dale saca esas monedas que tenés ahí. No seas mala. Vamo arriba.
¿Aullará algún animal esta noche? . En el zoológico no aullaba nadie. ¡Puede ser que no entienda lo que me pasa!. ¡Ya no tengo quince años!.
Los ojos le pesaban. Odió tener que hacerse fuerte. Extrañó su vuelo. Pensó en la absurda manera en cómo cada uno maneja su propia vida, todos apretados, demasiado apretados para tanto mundo.
Yo lo que tengo, amigo, es un profundo deseo de dormir. Pensó en llegar, una extraña resonancia se apoderó de su intelecto: laberinto de palabras.
Vas con tu barca encantada, con tu alma que no entiende cómo es el curso de la luz. Odió no entender. Sentirse tan existencial. Odió el juego de la angustia que la obligaba a mirar al cielo, la extrema consciencia molecular que la obligaba a parar de vez en cuando para armarse un tabaco.
Disculpa, ¿tenés fuego?. Que pesada es la existencia cuando se tiene que caminar. El vigésimo tabaco de la noche llegaba a su fin, los mismos idiotas borrachos de siempre salían de los mismos boliches idiotas de siempre. Uno de ellos, llevaba todo el peso de su alma en los zapatos y los zapatos en las manos, caminaba por la calle, fracasado de existencia. Pero la paz en mi nunca la encontrarás si no es en vos en mi nunca la encontrarás. Pensó en armarse un tabaco. Sus piernas parecían de acero.
Le dió asco comprender. Todo.

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